El día en que se librara de la tenaza que oprimía su garganta, de esas ganas inmensas de llorar, ese mismo día quizás, escribiría la crónica de su sufrimiento. Nunca se sabe si el monstruo es uno o la vida, esa mujer que dormía allí bien podía ser el producto de un insomnio, de ese cosquilleo que tantas veces le había transformado desde dentro en otro ser, en un perseguidor implacable de sí mismo. Todo esto parecía muy complicado, a decir verdad, para sentarse a escribirlo.
Amanda dormía, y con ella, la calle neblinosa y el reloj del correo que lucían como bajados en grúa desde el cielo, como si la primera mañana en Heathrow de hacía siete meses hubiera constituido el inicio de una obra teatral de la cual aquel reloj insomne y aquel cielo eran su escenografía. Amanda dormía y Marcelo se sobresaltó al pensar que la tarde ya había comenzado y que la noche lo iba a sorprender con una taza de café instantáneo frente a la ventana del flat, viendo hacia el cielo de Heathrow por donde las ingrávidas ballenas de los 747 se deslizaban de tanto en tanto. En la noche, pensó con recelo, estaría despierta y radiante, como una impertinente niña de dos años.
Amanda dejó escapar un quejido y se frotó la nariz. Dio media vuelta y se sumió de nuevo en las profundidades abisales de ese sueño del cual era más que inútil que intentara rescatarla.
Como siempre, le costó tomar la decisión. Sabía que una decisión, cualquiera que ella fuera, era una renuncia definitiva y le costaba renunciar al instante desechado, pensando que con él alimentaba la última muerte, la definitiva, esa que tanto temía en los días recientes y quizás hasta deseaba.
Bajo los dos primeros peldaños y contempló el cuerpo de la mujer desde el descansillo. Y apenas abrió la puerta que daba al pasillo de los árabes sintió el olor a curry, fundido, como siempre, al aroma de la madera. De súbito pensó en el incienso. El incienso. . . ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
Mientras lo encendía sintió frío. Notó que Amanda se había acurrucado. Dispuso la varilla olorosa en la mesa del centro y por un instante se detuvo frente al cuerpo de su mujer. Ya que estaba allí. . . ya que estaba allí lo único que faltaba era el espejo veneciano. Lo encontró en el fondo del armario. Lo dispuso junto al incienso. Como la primera vez.
Camino a Shepherd’s Bush registró el fondo de su chaqueta hasta dar con los restos del cigarrillo. Lo aspiró y un fluido denso y picante circuló en el interior de su cuerpo, a la inversa del viento que levantaba hojas de otoño, idénticas a las que había imaginado en uno de los asientos traseros del Jumbo de Iberia que los trajo a Gran Bretaña.
Como siempre, escogió la Central Line.
Fumó una vez más antes de entrar en el Corniche Club. Buscó un recodo y allí, en el corazón del Soho, protegido de los transeúntes, dio una última chupada al cigarro de marihuana. Como un fogonazo, la doble hilera del incienso, haciendo piruetas frente a Amanda dormida, se le hizo de nuevo presente.
Ya adentro de la sala se sintió aliviado. Y a pesar de que Amanda tampoco hoy iba a acostarse temprano, a pesar de que Verónica no vendría, la pantalla del club le brindó la certeza de que por hora y media no habría ni Amanda dormida, ni Verónica ausente, ni siquiera Ariel inquieto hasta media noche.
Así había sido siempre. Aquel territorio solitario de los cines. Primero en Caracas y luego en Londres y en Atenas y en Hamburgo. En Ciara Nora, una mañana resplandeciente le había mostrado su tan ansiada cara sucia, y en París, en el Cinevog de Montparnasse, había arribado a sus nombres: Richard Allan, Claudine Beccarie, en filmes de Burd Tranbaree o de Michael Baudricourt, que luego se multiplicarían en la calle Reeperbahn de Hamburgo, en la plaza de Omonoia de Atenas, en Camp de L’Arp de Barcelona o un cine de pederastas de Génova, multiplicados en esa región sin identidades que habitaba las pantallas de Europa, duplicados, decuplicados, mezclados a manera de collages, confinados a la región inalcanzable de una película dentro de otra película, en un eterno retorno que los hacía renacer en Amsterdam, en La Haya y en Manhattan, junto a las norteamericanas, Annete Haven, Rhonda Jo Petty, Angel Cash, en filmes de Gérard Damiano y de Henry Pachard, dentro de una constelación en la que Bambi Woods sucedía a Serena y a Desiree Costeau y era sustituida por Lony Sanders y Nicole Noire y Verónica Hart y Dorothy Le May y Arlene Manhattan y el delicioso veneno de aquellos cuerpos de misterio quedaban girando en su cabeza cada vez que visitaba una sala de cine, cada uno con su evanescente identidad, conferida por una manera de despojarse de la ropa, de practicar la felación, con esa dolorosa complicidad que los situaba a milímetros de la pantalla inalcanzable donde Richard Bolla y Marlene Willoughby y Ron Hudd y Annie Sprinkle conocían, sí, el paraíso, el reino de los sentidos, la última verdad de la desvergüenza, el cara a cara con el último deseo acariciado y por fin, expuesto y compartido, como una obscena granada roja.
Toda esa soledad antes de que llegara Verónica.
Y al pensar en eso, al adivinar que la última bobina de Swedish Erotica llegaba a su fin, al presentir las finas agujas de nieve que lo herirían diminutamente, sintió tristeza por él y por Amanda y quizás también, por Verónica, por este mundo que funcionaba así de esa manera y que lo engranaba a la tristeza de ver salir a los hombres de la working class de su trabajo y a las old ladies aguardar el autobús, y a dos niños chinos reír tomados de la mano de su madre que los secreteaba mientras él recostaba la cabeza de la ventanilla del bus de la ruta 12 contemplando el pavimento de Londres y ese mundo de allá afuera, ese incomprensible carnaval que transcurría en el exterior cuando salía del cine, solo desaparecía cuando apuñaba los ojos y murmuraba como un rezo, el nombre de Verónica.
Decidió enfrentar de una vez la discusión. Pensó que, de cualquier manera, mañana habría de repicar el teléfono y que un Ariel menos agrio que de costumbre preguntaría vagamente por Amanda. Luego, tras unos instantes de silencio, con Amanda saliendo de la cocina dispuesta a darle a probar un delicioso experimento culinario con cuscús, Ariel, espetaría, justo en el momento de atrapar un pedazo del manjar con el borde de los labios: ¿Y Verónica? ¿Me quedé esperándolos? . . . Tengo unas nuevas películas… ¿O es que Verónica todavía no aparece? Todo eso se lo iba a evitar seleccionando la parada en Bond Street para tomar la Jubilee Line.
Cerca de Wembley Park la nieve arreciaba. Pensó que aquel cambio de sleet a snow iba a terminar de solidificar la tarde, de hacerla oscura y a un más invisible y se imaginó a Amanda sumergida en un sueño como la nieve misma, hundida y acurrucada en la profundidad del flat.
El landlord le dijo que Ariel había salido, entre una y otra maldición contra el estado del tiempo. Marcelo accedió a tomarse una taza de café, escuchando que los gitanos irlandeses eran casi tan malditos como los hindúes y la mayoría de los africanos. El café estaba caliente y mientras Marcelo estuviera de acuerdo, habría estufa encendida y otras tazas más.
Ariel llegó casi a las cinco. Apenas se asomó a la puerta le obsequió una sonrisa eficiente y exacta, producto quizás de su larga experiencia de psiquiatra. Él se levantó enseguida y quiso ser directo: Verónica no vendría a pesar de los preparativos, él, más que nadie, lo lamentaba. Amanda había estado durmiendo de día…
Ariel lo escuchaba incrédulo.
— ¿Así que has estado sin Verónica toda la semana? —le preguntó con una mueca burlona entre los labios.
Era verdad y lo lamentaba mucho. Sabía que tenían meses esperando. Si Amanda se disgustaba con él entonces era peor.
Ariel se levantó a prepara té. Regreso con dos tazas humeantes.
— Marcelo, yo conozco a Amanda mucho más que tú mismo… ¿Te olvidas de que la traté durante meses cuando apareció Verónica? Sé que hay síntomas. . . generales. Pero de todo no se pueden hacer reglas fijas. . . El mundo es más bien —colmó la taza de Marcelo al agregar dos cucharadas de azúcar morena— probabilístico. . .
Marcelo no supo que contestar. Paseo la mirada por la galería de espejos que adornaba la habitación de Ariel. Finos espejos con marcos de Grinling Gibbons, delicados discos de bronce y plata, lunas ataviadas con dragones y pétalos, cristales relucientes que adornaron alguna vez alguna alcoba palaciega y que ahora repetían la luz mortecina de la tarde. El receptáculo vacío del espejo veneciano.
Marcelo recordó la mañana de su hallazgo en Portobello, las bromas de Amanda y la ilusión de sorprender a su amigo coleccionista. Estuvo a punto de mencionar que existía una esperanza, que había dejado el espejo veneciano como aquella vez y el incienso y que quizás, a pesar de que ella durmiera todo el día. . . Pero Ariel apuraba el último sorbo de té y Marcelo vio asomarse en la comisura de sus labios la mueca de burla con que el psiquiatra solía despachar las hipótesis que le lucían descabelladas.
— Todavía no te he tu obsequio, fue lo único que se atrevió a balbucear.
—Tendrías que mantenerla despierta durante el día —dijo a Ariel, ignorando el comentario—…manejar su rabia… Le puso su mano impecable sobre la espalda. Y después llamarme. . .
Ariel lo acompañó hasta la puerta, pero cuando Marcelo volvió la cabeza, ya el farolillo de la entrada no estaba encendido y la tarde se había anegado de una profunda oscuridad.
En Baker Street el tren se tardó demasiado y aún más el trayecto en el tren de la Central Line hasta la casa. En el Centro Comercial de Shepherd’s Bush algunos niños jugaban con una lata. Ya no nevaba. Todos los basements de la calle Sinclair tenían los televisores encendidos. Marcelo imaginó por un instante, una vez más, que detrás de aquellos parpadeos, se escondía un mundo prohibido, en donde siempre habitaba una mujer descalza.
Desde la esquina divisó el ático y al principio no entendió lo que estaba viendo. Parecía que una luz que titilaba. Se mantuvo mirando hacia arriba, hasta que a unos pocos metros, pudo distinguir con claridad la luz naranja. Traspuso a trancos los peldaños de madera y se cruzó con uno de los árabes, que lo saludó con un hello gutural y un movimiento de cabeza. Buscó la cerradura a tientas, porque el descansillo estaba a oscuras.
La luz que brillaba en el interior de la casa, era la luz de una vela. Marcelo subió los peldaños uno a uno hasta descubrir el cirio sobre la mesa, incrustado en un improvisado candelabro.
Todavía gravitaba en el ambiente el olor dulce del incienso. La doble flama saltarina se duplicaba en la obscuridad y en la cama ya no estaba Amanda. Marcelo terminó de subir los peldaños sin apartar la vista del espejo veneciano. No necesitaba volverse, una Verónica feliz y recién despierta lo aguardaba en el reflejo del espejo veneciano.

