Tuve dos sueños de los cuales sólo recuerdo uno: una carrera a locas por una trocha escarpada, en una suerte de rally en el que debía alcanzar no sé que meta, física y mental. En el sueño, me veo atravesando un terreno erosionado, subiendo un cerro, o tomando atajos impensados y descubriendo no sé qué verdades urgentes, en un giro que sustituye la mirada subjetiva del competidor, que soy yo, por una mirada panorámica. El otro sueño es continuación de éste, pero lo he olvidado. Sólo sé que le da continuidad al mismo esfuerzo, o más bien, a la misma lucha denodada. Me levanto energizado.
De la misma agenda de 1970, un poemita machista del que todavía no me siento avergonzado:
¡Oh alada imagen de femenil pureza
lúbrica núbil de inteligencia clandestina
plugiera al cielo haceros menos femenina
y con un adarme de cerebro en la cabeza!
Un soneto dedicado a José Ramón Ortiz alguna tarde en Tacarigua de la Laguna, cuando nos estrenábamos en varios oficios de este mundo, hace casi cuatro décadas:
A José Ramón:
¡Oh, veleidades aciagas y luctuosas!
¡Oh, concurso de funestas deidades!
¡Oh, más que aciagas, protervas veleidades!
¡Oh, humanos débiles que naufragais por cualquier cosa!
¡Quién dijera en horas ya pasadas
que vuestro prolijo pensamiento tan pensado
en un instante quedaría arrodillado
sacrificado, inmolado sobre el ara
de la pedestre pasión, de la rolliza
ninfa que en sudorosos lupanares se desliza
y maculándose en el barro se hace impoluta!
¡Oh, débil poeta, oh virtudes deleznables!
¡Oh, bardo, que aun siendo ineluctable!
¡Trocais vuestros amigos por una puta!
Un poema de mi hijo Luis Alejandro Baiz
La noche fugaz, un momento de pensar
un momento de olvidar
un momento de repasar
la noche rápida ha de pasar
El único lugar donde quiero estar
El único lugar que cierro con broche
en donde se me olvidan los reproches
Mas que nada, el frío de la media noche
Nada como una noche con los amigos
Olvidando los enemigos
Pasando de personajes a testigos
Y teniendo lo mismo que un mendigo
Soñé que trataba de explicar los géneros dramáticos tomando como ejemplo la confección de una taza de porcelana, y el auditorio, que era numeroso y cambiante, se tomaba muy en serio mi comparación. Todavía el ejemplo lucìa contundente cuando desperté, hasta que la bruma del sueño comenzó a disiparse y me di cuenta de la banalidad de mi argumento. Y pensar que más de una certeza proviene de un sueño como éste-
Sueño que voy a cambiar de sistema operativo, no yo, sino mi computadora y me doy cuenta de mi resistencia. Creo que el sistema no es tan bueno, que hay como un engaño agazapado ahí. El sicoanalista diría que es el miedo al cambio. Yo también.
Del sueño de esta noche sólo me queda la imagen nítida de un borracho que suele exhibir sus deformidades en los alrededores de Quinta Crespo. El borracho es una estatua, de pie sobre la arena, en una playa conocida, que no sé cuál es, y yo me aproximo para tomarle una foto. Antes del sueño hubo fotos o borrachos, supongo yo, porque el sentido del borracho se desprende de un magma confuso donde prevalece esa sensación. Y después del borracho hay otra fotografía de varias personas también de pie, arremolinadas, que se apretujan o se tocan. Fue un sueño importante, estoy seguro de haber saboreado esa certeza mientras lo soñaba. También sé que se ha ido, como todos los sueños míos, que sólo regresan cuando alguna vez sueño que los estoy soñando.
Soñé que unas monedas o unas manos cubrían mis ojos porque yo no quería ver y me desperté con esa sensación de huída, de clausura, de dolor. Luego me fui incorporando poco a poco, anticipado a este día nuevo, que me duele, y comprendí mi sueño.
Escrito hace quién sabe cuantos años:
Lo que pasa es que ese que hace el amor contigo, no soy yo. Me levanto de la cama y miro desde nuestra ventana: el día está claro y duele. Vuelvo a ti y te me escapas, entregada como nunca a mis caricias que tratan de apartar el agua donde me ahogo. Cierro los ojos, me enredo en el limo de mis intentos y miles de ausencias se interponen entre mi amor y tus brazos. Quiero regresar a ti, amada mía, y te me vas.
Después, doy la vuelta, me ahogo de tristeza y te duermes acariciada aquí, en mi corazón atribulado por el naufragio reincidente. Esa es la historia de mi vida contigo. Algunas veces, loco de amor por ti, me prendo a las palabras que son la forma más pura de acariciarte: una tarde no basta para libar de la copa de mi amor desbocado y las palabras vuelan borrachas de optimismo. Quisiera prolongarlas hasta la noche entera, hasta un siempre menos precario, pero apareces desnuda, amor mío, y una mirada tuya basta para condenarme. Otras veces, juego a olvidarme de ti para recuperarte en cualquier hora y la noche me sorprende contigo. Esas son las noches más felices, porque te tengo a ti y a mí juntos, que ya es bastante. Me quiero como si me viera por tus ojos y me parece la vida injusta de tanta felicidad. Pero siempre te pierdo después de cada encuentro y ni siquiera mis fantasmas, que son mezquinos, me conceden compañía.
En fin, amada mía, que a pesar de que no logro salirle al paso a mis huidas, avizoro un atajo, a ratos, y, otras veces, la tranquilidad me aterra. Mi mejor consuelo es que permaneces. ¿Qué mejor compañera de viaje para un mar tan conocido?
Cambio de planes:el proyecto Escriba rebasó mis previsiones y este año continúo el desarrollo, que va muy bien. Mientras tanto, publico algunos viejos libros en Bubok:Los Ángeles Custodios y Una mirada al guión de cine (Mi "best seller", bajo el título de La Ventana Imposible). Sigo trabajando y no dejo de soñar.

