Papeles arrugadosFebruary 24, 2010 9:06 pm

 

El día en que se librara de la tenaza que oprimía su garganta, de esas ganas inmensas de llorar, ese mismo día quizás, escribiría la crónica de su sufrimiento. Nunca se sabe si el monstruo es uno o la vida, esa mujer que dormía allí bien podía ser el producto de un insomnio, de ese cosquilleo que tantas veces le había transformado desde dentro en otro ser, en un perseguidor implacable de sí mismo. Todo esto parecía muy complicado, a decir verdad, para sentarse a escribirlo.

Amanda dormía,  y con ella, la calle neblinosa y el reloj del correo que lucían como bajados en grúa desde el cielo, como si la primera mañana en Heathrow de hacía siete meses hubiera constituido el inicio de una obra teatral de la cual aquel reloj insomne y aquel cielo eran su escenografía. Amanda dormía y Marcelo se sobresaltó al pensar que la tarde ya había comenzado y que la noche lo iba a sorprender con una taza de café instantáneo frente a la ventana del flat, viendo hacia el cielo de Heathrow por donde las ingrávidas ballenas de los 747 se deslizaban de tanto en tanto. En la noche, pensó con recelo, estaría despierta y radiante, como una impertinente niña de dos años.

Amanda dejó escapar un quejido y se frotó la nariz. Dio media vuelta y se sumió de nuevo en las profundidades abisales de ese sueño del cual era más que inútil que intentara rescatarla.

Como siempre, le costó tomar la decisión. Sabía que una decisión, cualquiera que ella fuera, era una renuncia definitiva y le costaba renunciar al instante desechado, pensando que con él alimentaba la última muerte, la definitiva, esa que tanto temía en los días recientes y quizás hasta deseaba.

Bajo los dos primeros peldaños y contempló el cuerpo de la mujer desde el descansillo. Y apenas abrió la puerta que daba al pasillo de los árabes sintió el olor a curry, fundido, como siempre, al aroma de la madera. De súbito pensó en el incienso. El incienso. . . ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

Mientras lo encendía sintió frío. Notó que Amanda se había acurrucado. Dispuso la varilla olorosa en la mesa del centro y por un instante se detuvo frente al cuerpo de su mujer. Ya que estaba allí. . . ya que estaba allí lo único que faltaba era el espejo veneciano. Lo encontró en el fondo del armario. Lo dispuso junto al incienso. Como la primera vez.

Camino a Shepherd’s Bush registró el fondo de su chaqueta hasta dar con los restos del cigarrillo. Lo aspiró y un fluido denso y picante circuló en el interior de su cuerpo, a la inversa del viento que levantaba hojas de otoño, idénticas a las que había imaginado en uno de los asientos traseros del Jumbo de Iberia que los trajo a Gran Bretaña.

Como siempre, escogió la Central Line.

Fumó una vez más antes de entrar en el Corniche Club. Buscó un recodo y allí, en el corazón del Soho, protegido de los transeúntes, dio una última chupada al cigarro de marihuana. Como un fogonazo, la doble hilera del incienso, haciendo piruetas frente a Amanda dormida, se le hizo de nuevo presente.

Ya adentro de la sala se sintió aliviado. Y a pesar de que Amanda tampoco hoy iba a acostarse temprano, a pesar de que Verónica no vendría, la pantalla del club le brindó la certeza de que por hora y media no habría ni Amanda dormida, ni Verónica ausente, ni siquiera Ariel inquieto hasta media noche.

Así había sido siempre. Aquel territorio solitario de los cines. Primero en Caracas y luego en Londres y en Atenas y en Hamburgo. En Ciara Nora, una mañana resplandeciente le había mostrado su tan ansiada cara sucia,  y en París, en el Cinevog de Montparnasse, había arribado a sus nombres: Richard Allan, Claudine Beccarie, en filmes de Burd Tranbaree o de Michael Baudricourt,  que luego se multiplicarían en la calle Reeperbahn de Hamburgo, en la plaza de Omonoia de Atenas, en Camp de L’Arp de Barcelona o un cine de pederastas de Génova,  multiplicados en esa región sin identidades que habitaba las pantallas de Europa, duplicados, decuplicados, mezclados a manera de collages, confinados a la región inalcanzable de una película dentro de otra película, en un eterno retorno que los hacía renacer en Amsterdam, en La Haya y en Manhattan,  junto a las norteamericanas,  Annete Haven,  Rhonda Jo Petty, Angel Cash,  en filmes de Gérard Damiano y de Henry Pachard, dentro de una constelación en la que Bambi Woods sucedía a Serena y a Desiree Costeau y era sustituida por Lony Sanders y Nicole Noire y Verónica Hart y Dorothy Le May y Arlene Manhattan y el delicioso veneno de aquellos cuerpos de misterio quedaban girando en su cabeza cada vez que visitaba una sala de cine, cada uno con su evanescente identidad, conferida por una manera de despojarse de la ropa,  de practicar la felación, con esa dolorosa  complicidad que los situaba a milímetros de la pantalla inalcanzable donde Richard Bolla y Marlene Willoughby y Ron Hudd y Annie Sprinkle conocían, sí, el paraíso, el reino de los sentidos, la última verdad de la desvergüenza, el cara a cara con el último deseo acariciado y por fin, expuesto y compartido, como una obscena granada roja.

Toda esa soledad antes de que llegara Verónica.

Y al pensar en eso, al adivinar que la última bobina de Swedish Erotica llegaba a su fin, al presentir las finas agujas de nieve que lo herirían diminutamente, sintió tristeza por él y por Amanda y quizás también, por Verónica, por este mundo que funcionaba así de esa manera y que lo engranaba a la tristeza de ver salir a los hombres de la working class de su trabajo y a las old ladies aguardar el autobús, y a dos niños chinos reír tomados de la mano de su madre que los secreteaba mientras él recostaba la cabeza de la ventanilla del bus de la ruta 12 contemplando el pavimento de Londres y ese mundo de allá afuera, ese incomprensible carnaval que transcurría en el exterior cuando salía del cine, solo desaparecía cuando apuñaba los ojos y murmuraba como un rezo, el nombre de Verónica.

Decidió enfrentar de una vez la discusión. Pensó que, de cualquier manera, mañana habría de repicar el teléfono y que un Ariel menos agrio que de costumbre preguntaría vagamente por Amanda. Luego, tras unos instantes de silencio, con Amanda saliendo de la cocina dispuesta a darle a probar un delicioso experimento culinario con cuscús, Ariel, espetaría, justo en el momento de atrapar un pedazo del manjar con el borde de los labios: ¿Y Verónica? ¿Me quedé esperándolos? . . . Tengo unas nuevas películas…  ¿O es que Verónica todavía no aparece? Todo eso se lo iba a evitar seleccionando la parada en Bond Street para tomar la Jubilee Line.

Cerca de Wembley Park la nieve arreciaba. Pensó que aquel cambio de sleet a snow iba a terminar de solidificar la tarde, de hacerla oscura y a un más invisible y se imaginó a Amanda sumergida en un sueño como la nieve misma, hundida y acurrucada en la profundidad del flat.

El landlord le dijo que Ariel había salido, entre una y otra maldición contra el estado del tiempo. Marcelo accedió a tomarse una taza de café, escuchando que los gitanos irlandeses eran casi tan malditos como los hindúes y la mayoría de los africanos. El café estaba caliente y mientras Marcelo estuviera de acuerdo, habría estufa encendida y otras tazas más.

Ariel llegó casi a las cinco. Apenas se asomó a la puerta  le obsequió una sonrisa eficiente y exacta, producto quizás de su larga experiencia de psiquiatra. Él se levantó enseguida y quiso ser directo: Verónica no vendría a pesar de los preparativos, él, más que nadie, lo lamentaba. Amanda había estado durmiendo de día…

Ariel lo escuchaba incrédulo.

— ¿Así que has estado sin Verónica toda la semana? —le preguntó con una mueca burlona entre los labios.

Era verdad y lo lamentaba mucho. Sabía que tenían meses esperando. Si Amanda se disgustaba con él entonces era peor.

Ariel se levantó a prepara té. Regreso con dos tazas humeantes.

— Marcelo, yo conozco a Amanda mucho más que tú mismo… ¿Te olvidas de que la traté durante meses cuando apareció Verónica? Sé que hay síntomas. . . generales. Pero de todo no se pueden hacer reglas fijas. . . El mundo es más bien —colmó la taza de Marcelo al agregar dos cucharadas de azúcar morena— probabilístico. . .

Marcelo no supo que contestar. Paseo la mirada por la galería de espejos que adornaba la habitación de Ariel. Finos espejos con marcos de Grinling Gibbons, delicados discos de bronce y plata, lunas ataviadas con dragones y pétalos, cristales relucientes que adornaron alguna vez alguna alcoba palaciega y que ahora repetían la luz mortecina de la tarde. El receptáculo vacío del espejo veneciano.

Marcelo recordó la mañana de su hallazgo en Portobello, las bromas de Amanda  y la ilusión de sorprender a su amigo coleccionista. Estuvo a punto de mencionar que existía una esperanza, que había dejado el espejo veneciano como aquella vez y el incienso y que quizás, a pesar de que ella durmiera todo el día. . . Pero Ariel apuraba el último sorbo de té y Marcelo vio asomarse en la comisura de sus labios la mueca de burla con que el psiquiatra solía despachar las hipótesis que le lucían descabelladas. 

— Todavía no te he tu obsequio, fue lo único que se atrevió a balbucear.

—Tendrías que mantenerla despierta durante el día —dijo a Ariel,  ignorando el comentario—…manejar su rabia… Le puso su mano impecable sobre la espalda. Y después llamarme. . .

Ariel lo acompañó hasta la puerta, pero cuando Marcelo volvió la cabeza, ya el farolillo de la entrada no estaba encendido y la tarde se había anegado de una profunda oscuridad.

En Baker Street el tren se tardó demasiado y aún más el trayecto en el tren de la Central Line hasta la casa. En el Centro Comercial de Shepherd’s Bush algunos niños jugaban con una lata. Ya no nevaba. Todos los basements de la calle Sinclair tenían los televisores encendidos. Marcelo imaginó por un instante, una vez más, que detrás de aquellos parpadeos, se escondía un mundo prohibido, en donde siempre habitaba una mujer descalza.

Desde la esquina divisó el ático y al principio no entendió lo que estaba viendo. Parecía que una luz que titilaba. Se mantuvo mirando hacia arriba, hasta que a unos pocos metros, pudo distinguir con claridad la luz naranja. Traspuso a trancos los peldaños de madera y se cruzó con uno de los árabes,  que lo saludó con un hello gutural y un movimiento de cabeza. Buscó la cerradura a tientas, porque el descansillo estaba a oscuras.

La luz que brillaba en el interior de la casa, era la luz de una vela. Marcelo subió los peldaños uno a uno hasta descubrir el cirio sobre la mesa, incrustado en un improvisado candelabro.

Todavía gravitaba en el ambiente el olor dulce del incienso. La doble flama saltarina se duplicaba en la obscuridad y en la cama ya no estaba Amanda. Marcelo terminó de subir los peldaños sin apartar la vista del espejo veneciano.  No necesitaba volverse, una Verónica feliz y recién despierta lo aguardaba en el reflejo del espejo veneciano.

 

Papeles arrugadosFebruary 22, 2010 2:34 am

 

El hombre detuvo su pregón cuando se cercioró de que la muchacha había decidido abordar el por puesto, acomodó la esterilla de su asiento todavía bromeando con el controlador y al fin abandonamos el terminal. La noche de la Avenida Bolívar llegó como un alivio de brisa a través de la ventana, hasta que el mar de puntitos rojos nos anunció la tranca del Jardín Botánico.  

A mi derecha, el hombre gordo miró el reloj. Se aflojó la corbata y cerró los ojos. En la otra ventanilla, el del pulóver contemplaba el tránsito, con  cara de enfermo.

La muchacha iba adelante, al lado del conductor.

El reloj de la Torre La Previsora marcaba las siete y veinte cuando rebasamos la Plaza Venezuela y ganamos el frescor de la autopista.  

La muchacha era joven, quizás delgada.  Apenas discernía su perfil mientras atravesábamos la subida de Tazón y los faros anaranjados iluminaban por instantes la cabina. Su voz preguntó si íbamos a detenernos en Valencia.

El conductor no respondió. Al cabo de minutos, la muchacha insistió.  Por fin la voz del conductor le respondió que sí, que iba a tomar la vía de Valencia.

Afuera, la carretera comenzaba a descubrir súbitas laderas, negras cesuras que sugerían profundos barrancos.

El hombre gordo parecía dormido. Su respiración dificultosa arrastraba un  silbido intermitente, un pitido asmático que a ratos se hacía insoportable. El hombre del pulóver permanecía inmóvil, contemplando el paisaje. Cerré los ojos.

Desperté sobresaltado. El automóvil se había detenido y el conductor estaba abriendo la puerta. El hombre gordo se incorporó, miró  a los lados, se aflojó la corbata y volvió a cerrar los ojos.

El conductor había levantado el capó. Vino hasta la cabina y sacó algún objeto de la guantera.

El hombre del pulóver bajó el vidrio de la ventanilla. La oscuridad era apenas interrumpida por los destellos que venían desde lejos y en seguida nos envolvía la penumbra. Del barranco, subía un rumor de ranas.

El  conductor se asomó, le hizo una seña al hombre del pulóver. El hombre del pulóver salió detrás de él. Creí ver que encendía una linterna. 

La muchacha dormía recostada de la ventanilla.

El hombre del pulóver regresó. Volvió  a su asiento, recobrando  la misma posición silenciosa, la misma contemplación del paisaje detenido.

El hombre gordo se había incorporado y se secaba el sudor con un pañuelo. El conductor apareció de nuevo en la ventanilla y esta vez le hizo un gesto al hombre gordo. El hombre gordo hizo un esfuerzo para salir de la cabina  y repitió el itinerario  del hombre del pulóver. Parecía aún más torpe al regresar de su excursión por el capó.

Después el conductor me llamó a mí. La muchacha se había despertado y permanecía con la cabeza apoyada del cristal de la ventana, embelesada quizás  por la irrupción de las estrellas.

El chofer  me esperaba recostado sobre el guardabarros.

—Nos la vamos a coger, me dijo y sentí que sus ojos me buscaban en la oscuridad.—¿Te empatas?  Cerró el capó. 

Le di la espalda. Caminé con lentitud hacia la parte de atrás del automóvil, como deteniendo el tiempo con la observación del terreno fracturado, la hierba puntiaguda que brotaba entre las piedras.

En el asiento trasero, el hombre gordo respiraba aún con mayor dificultad, el silbido de su inspiración dificultosa era la única impureza en el silencio perfecto de la noche. El hombre del pulóver lucía ensimismado.

—Hay que salirse, señorita—  dijo el conductor, mirando fijamente a la muchacha.

La muchacha no dijo nada y el conductor repitió hay que salirse. La muchacha me dirigió la mirada desde la penumbra y a mí me pareció que un  gesto de terror le contraía el rostro. El hombre de bigotes  abrió la puerta y tomó a la muchacha por los hombros. La muchacha no ofreció resistencia, comenzó a rogar con palabras respetuosas. Rompió a llorar. Creí ver una súplica en sus ojos antes de que el hombre la arrancara de su asiento y los dos bultos negros en que se transformaron sus cuerpos se desvanecieran en la oscuridad. El conductor se fue detrás de ellos.

El hombre gordo se asomo a la ventanilla.  Abrió la puerta, me miró de arriba abajo, y se detuvo un instante, como queriendo adivinar el rumbo exacto que habían escogido y se internó en las sombras.

Me mantuve contemplando los destellos que iluminaban la  autopista, escrutando la  oscuridad habitada de chirridos, de estrellas  perfectas como jamás se ven en Caracas.

Tardé mucho tiempo en tomar mi decisión.

 

Papeles arrugados 12:51 am

Otro viejo relato:

El Doctor William Pardo López oyó los golpecitos y los ignoró. Las transaminasas, urgidas por el imperativo bioquímico que se describía en los párrafos siguientes, intervenían en la reacción. Una de las moléculas de carbono parecía desprenderse caprichosamente. Dos nuevos toques lo arrancaron por fin de la Biomedical Review. Tuvo el impulso de llamar a la enfermera, pero inmediatamente recordó que la enfermera había salido. Decidió abrir la puerta.

Del otro lado lo sorprendió el rostro desencajado de la señora Rodríguez. La invitó a pasar. La señora Rodríguez se plantó frente al escritorio, con sus dos piernas cortitas muy juntas, aferrada al cinto de su bolso de patente. El doctor López volvió a la silla giratoria y decidió recargar su pipa.

—Usted dirá.

Los ojitos de la señora Rodríguez enfocaron el rostro del Doctor  López.

—Doctor —dijo— vine a verlo porque tengo una hemorragia.

El doctor vació el excedente de picadura y avivó el fuego con chupadas intermitentes. Por un instante, la Biomedical Review atrajo su atención. Las transaminasas.

— ¿Una hemorragia? ¿Desde hace cuánto?

— Una semana.

El doctor López entrecerró los ojos. Una hebra de Honeyrose de Luxe atravesó sus bigotes y comenzó a desintegrarse.

— ¿Me puedes dar más detalles?

La señora Rodríguez sacó un cigarrillo de su cartera, controló el temblor de su mano hasta que pudo encenderlo e inauguró una larga relación de sus dolencias. El doctor López la escuchó dando lentas chupadas a su pipa, tumbado en su silla giratoria.

— Vamos a examinarte —dijo— y le extendió una bata.

La señora Rodríguez regresó del baño y se tumbó en la camilla. El Doctor López terminó de ajustarse los guantes y la miró fijamente.

La mano derecha del Doctor López inició el examen.

— Qué te pasó Gladys, que no has llamado…

— Bueno López, si me vas a atender… — dijo quejándose la señora Rodríguez.

— A carajo, Gladys — dijo el Doctor López, sin dejar de auscultarla.

— Estoy apurada, López. ¿Me vas a dar el diagnóstico?

El Doctor López se libró de los guantes. La Señora Rodríguez permanecía inmóvil, casi sin respirar.

— Gladys, qué es lo que te pasa ¿me quieres decir?

— Me vienen a buscar, López, te lo advierto…

Comenzó a besarla— Puta…— musitó.

La señora Rodríguez hizo el intento de zafarse. Lentamente fue aflojando los brazos,  hasta que dejó de oponer resistencia. De vez en cuando balbuceaba la palabra “hemorragia”.

Sonó el intercomunicador.

La señora Rodríguez se incorporó, miró al Doctor López a los ojos y se metió detrás del biombo. El Doctor López se abrochó el cinturón, se aderezó, y comenzó a caminar de un lado a otro. Por fin, se tumbó en la silla giratoria.

La señora Rodríguez reapareció aplicándose los últimos toques de maquillaje. Cruzó frente al Doctor López y cerró la puerta con el impulso exacto.

El doctor López permaneció tumbado en su silla. Alcanzó la pipa. El diagrama que ilustraba el curioso fenómeno de las transaminasas terminó por acaparar toda su atención. 

Papeles arrugadosFebruary 21, 2010 5:36 pm

Otro viejo cuento rescatado de mis papeles arrugados

Tomamos la decisión cuando no se pudo más.  Entonces Nayarit se me durmió en las piernas y al cabo de un rato me descubrí mordisqueando una corteza de pan, sin saber cuánto tiempo me había mantenido contemplando a la niña. 

Hernán Ricardo se me acercó y me puso una de sus manos calientes sobre la cadera y nos perdimos en el primer beso, agresivo y profundo como son los besos de nosotros, y hubiéramos hecho el amor ahí mismo, a no ser porque entre uno y otro beso nos volvíamos hacia la niña que dormía así, como siempre dormía ella, hundida en la almohada y aferrada al pañal, como si con su manita le impidiera caerse desde el sueño.

Yo no justifico nada. A estas alturas una se imagina los comentarios, todo eso que ellas dicen en el mercado para no aceptar que el marido no las busca, que están obstinadas de andar chancleteando todo el día, con los rollos de peluquería en la cabeza y las uñas despintadas. Lo que sucede es lo que sucede y ya está.

Nadie puede pensar que la cosa es sencilla. Es como todo. Hernán y yo nos miramos y algo le gustó, el vestido, no sé, mi forma de caminar. Me lo dijo con los ojos. Yo tampoco levantaba la mirada el día en que apareció en la oficina, pero el Ingeniero se quedó allí pidiéndome detalles y yo embadurnaba el recibo de típex y aguantaba la risa porque sabía que Hernán se demoraba a propósito. Por algo se me acercó para decirme "Hasta luego, señorita, " y me estrechó la mano.

Así mismo comenzamos, poco a poco.  No porque las visitas no estaban justificadas, el proyecto nos ponía a trabajar horas extras. Pero yo sabía que sus miradas por sobre el vasito de papel y el roce de sus dedos al recibir el café, nos iban a llevar a las llamadas telefónicas,  a las cervezas y la noche con las olas del mar en el fondo, hasta el sábado de playa.

Sé que lo de la pasión apareció de repente, que escuchaba su voz en el teléfono y enseguida me veía quitándome la ropa como para no soltarlo nunca. Pero era bien natural querernos de esa manera, quemar etapas, como decía Hernán.

No sé cuántas veces hicimos el amor cuando mamá cuidaba a la niña. Ni cuántas  locuras inventamos. Eso qué importa. ¿O es que alguna se atreve a decir que el mundo vale algo cuando solo quedan las cosas que toda la gente vive como si no tuviera más remedio que seguirlas viviendo?

Por eso mismo nunca quise que la niña regresara, ni que Hernán dejara a su familia. Porque no habría vuelta atrás. Se lo dije a Hernán el mismo día que llegó con su maleta. Él comenzó a darle golpecitos con el pie la puerta batiente de la cocina y la niña nos miraba y jugaba mordiendo el pañal. Esa noche, después de que hicimos el amor, no pude conciliar el sueño. Yo sabía muy bien cómo era la niña.

Quizás  lo peor fue postergar la decisión. No que lo habláramos, porque eso no lo hicimos nunca, sino que hubiésemos actuado desde la primera vez que lo sentimos. Eso pienso yo ahora, cuando sé que lo demás era inevitable.

Era imposible detenernos. En las tardes, apenas la niña se dormía, nos buscábamos y si la niña se despertaba, como sucedió muchas veces, yo enseguida me acostaba a su lado para que se volviera a dormir y Hernán se tendía a mi lado. Yo lo recibía de espaldas, me hundía en mí misma y, a veces, terminaba abrazando a la niña y secándome las lágrimas.

Todo y nada tiene que ver en la vida. Lo digo porque en vacaciones Hernán se puso insoportable. Se iba muy temprano y regresaba a media noche, con la esperanza de que la niña ya estuviera dormida. A veces sucedía así y entonces nos abrazábamos y nos arrancábamos la ropa. Hacíamos el amor en la sala, en la cocina, en medio del pasillo. Otras veces, a media noche, apenas se escuchaba el crujido de la puerta, la niña se despertaba y comenzaba a llorar. Yo la acostaba en mi cama y trataba de calmarla, acariciándole el cabello, rogándole que se durmiera. Hernán se aparecía como un fantasma en el rellano de la puerta y, con un reproche, decretaba el fracaso de los dos.

La pasión siempre quiere más, eso sí es verdad. Cada noche inventábamos una cosa nueva, si no era el strip tease que yo hacía en la sala, era el espejo o eran las revistas. Ricardo se apareció una noche con marihuana y desde esa vez no dejamos de fumar.

No era que no nos ocupáramos de la niña. Cuando acabaron las vacaciones y Hernán terminó de mudar sus cosas, ya no fui más a la oficina. Pasaba largo tiempo en casa, ocupada de coser o de preparar el almuerzo y la niña se sentaba a mi lado, hablando con sus muñecas, hasta que se aburría, recogía el pañal y quedaba rendida en el sofá. Cuando me daba cuenta, la despertaba para que no se desvelara en la noche.  Y entrada la tarde, cuando terminaba el oficio de la casa y la niña se acurrucaba a ver la televisión, me asaltaba la imagen de Hernán y comenzaba a contar los minutos que invertiríamos en servir la comida, en levantar la mesa, en que la niña cabeceara frente al televisor y se quedara suficientemente dormida como para llevarla en su habitación.

Uno que otro fin de semana la niña podía quedarse con mamá y nos encerrábamos en el apartamento sábado y domingo, fumábamos y  hacía el amor como necesitábamos, sin límites,  ininterrumpidamente. Eso también hubiera podido cambiar las cosas, que mamá no se hubiera empeñado en mudarse al interior con mis hermanas. Una noche Hernán trajo cocaína y  entonces sí, fue como inaugurar un territorio libre, mejor dicho, como si el cuerpo-territorio, la gran meseta que éramos nosotros para nosotros mismos y que necesitábamos para respirar, se hubiera materializado…

¿Quién puede juzgar? ¿Cuántas de ustedes (en el fondo de su corazón y no con en esa máscara que se colocan cuando están con sus esposos), estarían dispuestas a renunciar al paraíso si lo conocieran? El paraíso que está muy hondo, en las profundidades de una misma, en el filo de esta vida, en la íntima y plena soledad que nos da derecho sobre lo que se es. Ese paraíso. No el de las amas de casa que la miran a una de  reojo mientras escogen las remolachas. Que juzgan los acontecimientos sin comprender nada.

Cuando ya no se pudo más, tomamos la decisión. La niña no cabía allí. Quizás tampoco ya cabía en este mundo y por eso, sin tener conciencia, le evitamos otro dolor. Por eso todo fue tan fácil, tan natural. Por eso regresamos aquella noche de nuestro beso para reconocernos y contemplarla a ella, aferrada al pañal arrugado. Ricardo la levantó de la cama y yo le di un último beso. Lo que hicimos fue colocarla a un lado y dejarnos un lugar. Un lugar donde sólo cabíamos nosotros. 

LecturasAugust 13, 2009 1:08 am

 

Para hablar de amor, más allá de las peripecias que nos imponen los caprichos de nuestra sexualidad, hay que saber internarse en el corazón, tanto físico, como dramático. Eso es lo que logra Vivian Stusser construyendo una novela  centrada en el rasgo crucial de su personaje: una mujer incapaz de aceptar una sexualidad que la desborda y que al final de un viaje por su cuerpo (y por los cuerpos), logra encontrarse a sí misma. El resultado es una novela a la vez epidérmica y profunda, una novela que leí con entera satisfacción , hasta la última página.

Bravo por Vivian y gracias. 

Papeles arrugadosJuly 14, 2009 1:18 am

 

Un viejo cuento de hace tres décadas, rescatado y dedicado a mi querida Yajaira.

EL ÚLTIMO VUELO DE SUPERMAN

A Yajaira Arcas

Las tardes tarde eran todas iguales: comenzaban con un largo ladrido de la perra Pinta, con el ennegrecimiento del cerro por los lados del kiosco del papá de Mosquito Luis. Hernán se escondía de Julio César, y Luis Cucaracha olfateaba el viento, viendo venir el grito de su  mamá. Entonces dejábamos el futbol, la pelota roja se quedaba ahí, diluida en la penumbra, y los alrededores del Bloque Nueve se anegaban de oscuridad. Las sombras iban dispersando a  los del día, espantaban a Luis Cucaracha, y Julio César le  preguntaba a Hernán  si  había comprado la mortadela  para la cena. Y cuando Hernán se iba a regañadientes detrás de su  hermano, era cuando comenzaba la noche.

En la noche todos los juegos eran en el poste que estaba enfrente del Bloque Diez. Allí mismo inventó Chicho el juego que dice:

—  "Tomatera, tomatera… 

—  ¡Raass con Raass! 

—  ¿Qué dicen?             

—  ¡Raass! 

—  ¿Qué dicen? 

—  ¡Raass!             

—  Bajan los mojones de Pilatos y se meten en el plato…  ¡Conteo! Bloque Uno, Bloque Dos, Bloque Tres, Bloque Cuatro…. ¡Un pellizquito por el culo y échenlo a volar!"

También jugábamos quemado con la pelota roja, porque  el balón de Eduardo dolía mucho y El Colombiano tenía demasiada puntería  y fusilaba a todo el mundo. Pero el último juego era el escondite,  que lo jugábamos hasta que Freddy y los grandes vinieran con el escondite de ellos a adueñarse del poste.

Una sola cosa nos malograba las noches: José Luis. Estábamos de lo más  tranquilos, hasta que alguno de nosotros descubría a José Luis, saliendo de su apartamento en el último piso del Bloque Once. Seguíamos como si nada, pero todos estábamos pendientes hasta que él llegaba y se  recostaba del poste, retándonos con su sonrisita.  Si me tocaba fusilar a mí, la pelota se me pelaba de las  manos. Y ahí mismo escuchaba su voz a mi espalda.

— ¿Juego?

Intercambiábamos miradas. José Luis seguía recostado del poste, escrutándonos. El Gordo Zárraga, que le tenía miedo,  a veces lo aceptaba y había un momento que yo pensaba que todo era idea mía, y que José Luis jugaba bien y era quien más respetaba las reglas. La pelea empezaba por cualquier cosa.

 — ¡Tú me empujaste!— decía José Luis y le metía un tremendo empujón al Gordo— ¿Qué es lo que te pasa a ti?

— ¿Qué fue? ¿Tú como que me tienes miedo?— decía José Luis, repitiendo el empujón y El Gordo Zárraga lo miraba aterrorizado.  

—Yo a ti no te tengo miedo…— contestaba El Gordo, sin verle la cara.

Los curiosos comenzaban a llegar. Freddy y  Douglas o cualquiera de los grandes que estuviera por allí,  los azuzaban. "Quítale la pajita…" "Que a que no le gruñes…" y los empujaban,  y José Luis y El Gordo (o Chicho o quien fuera) terminaban en  el suelo, donde José Luis le metía la estranguladora.

Otras veces José Luis se aparecía con el hermanito, que  tenía  como seis años, y siempre se trenzaba un paño en el  cuello, como si fuera una capa. Venía corriendo y se encaramaba en el murito frente al Bloque,  hablando como si fuera el narrador de la televisión.

— ¡Lleeeegó! ¡Suuuperman!

Entonces igualmente nos intercambiábamos miradas y ya  sabíamos que por ahí venía José Luis. El hermanito se quedaba así, con su  cara de muchachito bobo, esperando la  reacción, y todos nos hacíamos los locos y seguíamos jugando. Pasaban unos minutos  y aparecía José Luis, a veces con Nené, y empezaba todo de nuevo. Otras veces, el hermanito de José Luis aparecía en plena pelea,  siempre con su capa de Superman,  acompañado de la hermana, que estaba bien buena y era novia del hermano grande de Arturo.  Veían la pelea desde lejos, y la hermana de José Luis  se reía y le decía cosas a su novio en el oído. Ella sólo se metió una vez,  y fue cuando la pelea con Régulo.  Régulo casi le vacía un ojo a José Luis de un sólo puño,  y  entonces la hermana se soltó del abrazo y se le fue encima.

— ¡Mira! ¡Tú no vas a joder al hermano mío! ¿Oíste?

Pero cuando Régulo iba a defenderse de la hermana, José Luis aprovechó el descuido y lo tiró al suelo, para meterle la estranguladora. Y aunque Régulo no pudo hacer más nada,  repitió desde ese día que él no le tenía miedo a José Luis.

Tiempo después José Luis empezó a aparecerse por las  tardes, acompañado de Nené, justo cuando las muchachas del Napoleón Baute salían de sus clases y ambos se ponían a cortarles el paso y a tocarlas. Las muchachas al principio   no entendían y después salían corriendo. Una vez,  una de las grandes,  como de Sexto Grado, se le  cuadró, diciendo que iba a llamar a la policía y ellos comenzaron a burlarse, pero no se  atrevieron a tocarla más. Nosotros, cuando los veíamos,   nos mudábamos para detrás del Bloque Nueve,  y  ya no le hacíamos caso.

Nos acostumbramos a las invasiones de José Luis. A  veces,  estábamos jugando metras,  y llegaba el hermanito con su  capa,  corriendo y levantando tierra.

— ¡Sú… per… man…!— gritaba, y se llevaba las  metras por delante.

Los que estuviéramos ahí, nos quedábamos en el sitio  y levantábamos la cabeza poco a poco, para ver si estaba José Luis. 

Era una cosa que sucedía en las tardes, a veces todos los días,  a veces con intervalos de una semana. A lo mejor por  eso no nos extrañó tanto la noticia. A lo mejor por eso seguimos jugando futbol a la hora en que  la tarde se hacía noche y el largo ladrido de la Pinta que regresaba del cerro con la patota del Nelson El Monito, despedía a los muchachos del día y llamaba a los de la noche. Por eso tampoco nos acercamos de primeros y apenas detuvimos el juego cuando ya la escalera del Bloque Once estaba llena de gente y Nené Gámez venía corriendo con los ojos desorbitados. Sólo entonces supimos que pasaba algo, sólo entonces Luis Cucaracha vio dos veces hacia su  casa y  rompiendo por primera vez la prohibición corrió hacia la escalera de la familia de  José Luis y detrás de él corrimos todos. Cuando llegamos  todavía estaba el cuerpecito como a dos  metros de la cabilla de la reja que  le había reventado la cabeza,  en la planta baja del Bloque Once, aún con la capa puesta. Todo el  mundo alborotaba y hablaba de los bomberos y un señor raro, con  sombrero, estaba abrazando a la mamá de José Luis que tenía  como un ataque. Yo me abracé a la pelota roja. No podía dejar  de mirarlo tan chiquitico ahí y con los sesos afuera y la capa de paño bañada en sangre y la manito todavía como agarrando el  aire, como sosteniendo todavía el impulso de su último vuelo. 

SueñosJune 14, 2009 1:13 pm

Tuve dos sueños de los cuales sólo recuerdo uno: una carrera a locas por una trocha escarpada, en una suerte de rally en el que debía alcanzar no sé que meta, física y mental. En el sueño, me veo atravesando un terreno erosionado, subiendo un cerro, o tomando atajos impensados y descubriendo no sé qué verdades urgentes, en un giro que sustituye la mirada subjetiva del competidor,  que soy yo, por una  mirada panorámica. El otro sueño es continuación de éste, pero lo he olvidado. Sólo sé que le da continuidad al mismo esfuerzo, o más bien, a la misma lucha denodada. Me levanto energizado.

Papeles arrugadosMay 23, 2009 10:57 am

De la misma agenda de 1970, un poemita machista del que todavía no me siento avergonzado:

¡Oh alada imagen de femenil pureza
lúbrica núbil de inteligencia clandestina
plugiera al cielo haceros menos femenina
y con un adarme de cerebro en la cabeza!

 

Papeles arrugados 10:49 am

Un  soneto dedicado a José Ramón Ortiz alguna tarde en Tacarigua de la Laguna, cuando nos estrenábamos en varios oficios de este mundo, hace casi cuatro décadas:

 A José Ramón:

¡Oh, veleidades aciagas y luctuosas!
¡Oh, concurso de funestas deidades!
¡Oh, más que aciagas, protervas veleidades!
¡Oh, humanos débiles que naufragais por cualquier cosa!

¡Quién dijera en horas ya pasadas
que vuestro prolijo pensamiento tan pensado
en un instante quedaría arrodillado
sacrificado, inmolado sobre el ara

de la pedestre pasión, de la rolliza
ninfa que en sudorosos lupanares se desliza
y maculándose en el barro se hace impoluta!

¡Oh, débil poeta, oh virtudes deleznables!
¡Oh, bardo, que aun siendo ineluctable!
¡Trocais vuestros amigos por una puta!

CitasMarch 21, 2009 9:38 pm

La noche fugaz, un momento de pensar
un momento de olvidar
un momento de repasar
la noche rápida ha de pasar

El único lugar donde quiero estar
El único lugar que cierro con broche
en donde se me olvidan los reproches
Mas que nada, el frío de la media noche

Nada como una noche con los amigos
Olvidando los enemigos
Pasando de personajes a testigos
Y teniendo lo mismo que un mendigo