Soñé que la casa de la playa daba al mar.  La casa de la playa, que no es ya la casa de la playa, abría unos inmensos ventanales  frente a un mar en ruinas, y todo aguardaba por la reconstrucción. La casa era este blog en el engaño de la duermevela, lo sé, y en un momento me asome a las ventanas recién excavadas tratando de explicarme qué  había sido de la casa de mi matrimonio, la casa de mis sueños, del sueño de mi casa, de esa casa que en el sueño de mi sueño una vez compartiera con mi hijo y mi mujer.  Recuerdo que me moví en la arquitectura de la casa, de la sala a la cocina, de la cocina a lo que había sido una vez la sala y ahora era ese hueco inmenso sobre un mar desconocido, tratando yo de calzar su vieja geografía, intentando saber qué había sido de la casa y de la vida que una vez soñé. Me fui despertando sin respuesta y comencé lentamente a darme cuenta de que, donde una vez estuvieron las tapias blancas de mi casa de la playa,  se erige ahora la parcelación intangible de este blog, sus habitaciones transparentes,  el terror o la promesa de habitar una intemperie que solo puedo amoblar  con mis palabras.