La esquina luminosa de una ciudad, o más bien de un pueblo (Patras, se me antoja ahora, pero también la misma perspectiva de una esquina del Londres en el que viví mientras estudiaba matemática). Desde mi sueño en picado veo a un oficial de tránsito que dirige la tarea de remover a empellones un vehículo doble tracción, con ayuda de una camioneta. El doble tracción va escupiendo sus entrañas —sólo recuerdo una tubería roja y la carrocería plateada que se deforma— hasta que la camioneta lo saca de mi visión. Sé inmediatamente, con esa omnisciente sabiduría de los sueños, que el dueño del vehículo estaba cerca y que nadie ha querido ponerlo al tanto de lo que ocurre. Más tarde en el sueño, un hombre fornido me mira en contrapicado desde una calzada conocida y se lamenta por no haber sido avisado (debe ser que la esquina de mi sueño es ahora la de El Cabotaje en los Teques y que la ventana a la que me asomo es la del registro público en el que firmé hace trece años un documento de propiedad). Me despierto. Del sueño sólo me queda el sabor de haber presenciado, o tal vez cometido, una injusticia.