Me han plagiado tantas veces en la Red que quizás por eso debería considerarme un autor de importancia: diversos artículos de La Página del Guión (hago una búsqueda al azar en Google y encuentro varios blogs que me calcan sin mayor verguenza: http://www.manchadosdetinta.8k.com/index.html, http://html.rincondelvago.com, un post de microcaos.net, y eso sin contar la burda copia que hizo un tal Ramón Salgueiro Pérez de uno de mis primeros artículos y que todavía aparece publicada por la Revista Latinoamericana de Comunicación Chasqui y, además, ofrecido gratuitamente por el sitio www.emagister.com a pesar de mis reclamos). Copiados también figuran cursos completos (el plagio más gracioso provino de la Sociedad General de Autores de la Argentina, Argentores), escritos de opinión (mi artículo Los Resentidos, copiado en el blog mexicano http://puntopolitico.blogspot.com/, fue elegantemente firmado por su autor con un "de una idea general de Frank Baiz"). Yo me pregunto ingenuamente cuánto cuesta copiar y pegar el nombre de uno, total, son apenas unos cuantos caracteres más a la hora de la operación informática más socorrida de Internet. Y me consuelo al pensar que si se roban las ideas es porque ella algo valen, qué más le queda a uno.
Siempre, mi otro yo, ese que abomino, ha esperado que sobrevenga una catástrofe que me resucite a la escritura. Me refiero a mi otro yo, porque si ese soy yo mismo, entonces, el odio que siento por mí —y eso es lo que de mí quiere mi otro yo—me hace implorar ese irreemplazable Apocalipsis.
La verdad es que descubrí que mi otro yo es un resentido. Siempre me visualiza niño, con un cuaderno entre las manos, pidiendo que su madre alabe las virtudes de la recién dibujada zanahoria que da inicio a mi carrera de escritor. Ese niño baja la escalera que desemboca en el solar de la casa mi infancia: tiene en sus manos el cuaderno y el futuro, bajo la mañana de un sol inolvidable. Sonríe, pide y teme: implora. Busca esa emoción en la sonrisa de su madre. Nada más. Pero —mi otro yo no ha dejado de hacérmelo saber a cada instante— el niño se queda para siempre sin sonrisa y sin respuesta.
Y a partir de allí comienza la deriva —que es mi vida— por rescatar aquella tarde. Mi otro yo lo sabe, pero se resiste a admitirlo (es la única diferencia entre los dos). Una y otra vez, me previene de rasgar tiempo y dolor para recoger el cuaderno descosido, rescatarlo sólo para mí —cuaderno mío— y comprender mi soledad y retomar la magnum opus de mi infancia.
Muy por el contrario, mi otro yo suele pedirme que imagine la peor de las catástrofes, la más desquiciada y que me inculpe. Y no lo hace por la nostalgia de mi cuaderno perdido ni por solidaridad, sino por una rabia indestructible, cocinada lentamente en el caldo de los años.
Mi otro yo me mira con sorna. Estas primeras palabras en mi cuaderno, deberían ser su epitafio.

