Siempre, mi otro yo, ese que abomino, ha esperado que sobrevenga una catástrofe que me resucite a la escritura. Me refiero a mi otro yo, porque si ese soy yo mismo, entonces, el odio que siento por mí —y eso es lo que de mí quiere mi otro yo—me hace implorar ese irreemplazable Apocalipsis.
La verdad es que descubrí que mi otro yo es un resentido. Siempre me visualiza niño, con un cuaderno entre las manos, pidiendo que su madre alabe las virtudes de la recién dibujada zanahoria que da inicio a mi carrera de escritor. Ese niño baja la escalera que desemboca en el solar de la casa mi infancia: tiene en sus manos el cuaderno y el futuro, bajo la mañana de un sol inolvidable. Sonríe, pide y teme: implora. Busca esa emoción en la sonrisa de su madre. Nada más. Pero —mi otro yo no ha dejado de hacérmelo saber a cada instante— el niño se queda para siempre sin sonrisa y sin respuesta.
Y a partir de allí comienza la deriva —que es mi vida— por rescatar aquella tarde. Mi otro yo lo sabe, pero se resiste a admitirlo (es la única diferencia entre los dos). Una y otra vez, me previene de rasgar tiempo y dolor para recoger el cuaderno descosido, rescatarlo sólo para mí —cuaderno mío— y comprender mi soledad y retomar la magnum opus de mi infancia.
Muy por el contrario, mi otro yo suele pedirme que imagine la peor de las catástrofes, la más desquiciada y que me inculpe. Y no lo hace por la nostalgia de mi cuaderno perdido ni por solidaridad, sino por una rabia indestructible, cocinada lentamente en el caldo de los años.
Mi otro yo me mira con sorna. Estas primeras palabras en mi cuaderno, deberían ser su epitafio.


Me da mucho placer leer tus escritos, este me conmovio mucho. Es asombrosa la cantidad de seres que se uedaron pendientes con un cuaderno abierto, de recibir una caricia, una sonrisa, un estimulo
Comment by maria ines — July 29, 2008 @ 7:37 am