Escrito hace quién sabe cuantos años:
Lo que pasa es que ese que hace el amor contigo, no soy yo. Me levanto de la cama y miro desde nuestra ventana: el día está claro y duele. Vuelvo a ti y te me escapas, entregada como nunca a mis caricias que tratan de apartar el agua donde me ahogo. Cierro los ojos, me enredo en el limo de mis intentos y miles de ausencias se interponen entre mi amor y tus brazos. Quiero regresar a ti, amada mía, y te me vas.
Después, doy la vuelta, me ahogo de tristeza y te duermes acariciada aquí, en mi corazón atribulado por el naufragio reincidente. Esa es la historia de mi vida contigo. Algunas veces, loco de amor por ti, me prendo a las palabras que son la forma más pura de acariciarte: una tarde no basta para libar de la copa de mi amor desbocado y las palabras vuelan borrachas de optimismo. Quisiera prolongarlas hasta la noche entera, hasta un siempre menos precario, pero apareces desnuda, amor mío, y una mirada tuya basta para condenarme. Otras veces, juego a olvidarme de ti para recuperarte en cualquier hora y la noche me sorprende contigo. Esas son las noches más felices, porque te tengo a ti y a mí juntos, que ya es bastante. Me quiero como si me viera por tus ojos y me parece la vida injusta de tanta felicidad. Pero siempre te pierdo después de cada encuentro y ni siquiera mis fantasmas, que son mezquinos, me conceden compañía.
En fin, amada mía, que a pesar de que no logro salirle al paso a mis huidas, avizoro un atajo, a ratos, y, otras veces, la tranquilidad me aterra. Mi mejor consuelo es que permaneces. ¿Qué mejor compañera de viaje para un mar tan conocido?

