Un viejo cuento de hace tres décadas, rescatado y dedicado a mi querida Yajaira.
EL ÚLTIMO VUELO DE SUPERMAN
A Yajaira Arcas
Las tardes tarde eran todas iguales: comenzaban con un largo ladrido de la perra Pinta, con el ennegrecimiento del cerro por los lados del kiosco del papá de Mosquito Luis. Hernán se escondía de Julio César, y Luis Cucaracha olfateaba el viento, viendo venir el grito de su mamá. Entonces dejábamos el futbol, la pelota roja se quedaba ahí, diluida en la penumbra, y los alrededores del Bloque Nueve se anegaban de oscuridad. Las sombras iban dispersando a los del día, espantaban a Luis Cucaracha, y Julio César le preguntaba a Hernán si había comprado la mortadela para la cena. Y cuando Hernán se iba a regañadientes detrás de su hermano, era cuando comenzaba la noche.
En la noche todos los juegos eran en el poste que estaba enfrente del Bloque Diez. Allí mismo inventó Chicho el juego que dice:
— "Tomatera, tomatera…
— ¡Raass con Raass!
— ¿Qué dicen?
— ¡Raass!
— ¿Qué dicen?
— ¡Raass!
— Bajan los mojones de Pilatos y se meten en el plato… ¡Conteo! Bloque Uno, Bloque Dos, Bloque Tres, Bloque Cuatro…. ¡Un pellizquito por el culo y échenlo a volar!"
También jugábamos quemado con la pelota roja, porque el balón de Eduardo dolía mucho y El Colombiano tenía demasiada puntería y fusilaba a todo el mundo. Pero el último juego era el escondite, que lo jugábamos hasta que Freddy y los grandes vinieran con el escondite de ellos a adueñarse del poste.
Una sola cosa nos malograba las noches: José Luis. Estábamos de lo más tranquilos, hasta que alguno de nosotros descubría a José Luis, saliendo de su apartamento en el último piso del Bloque Once. Seguíamos como si nada, pero todos estábamos pendientes hasta que él llegaba y se recostaba del poste, retándonos con su sonrisita. Si me tocaba fusilar a mí, la pelota se me pelaba de las manos. Y ahí mismo escuchaba su voz a mi espalda.
— ¿Juego?
Intercambiábamos miradas. José Luis seguía recostado del poste, escrutándonos. El Gordo Zárraga, que le tenía miedo, a veces lo aceptaba y había un momento que yo pensaba que todo era idea mía, y que José Luis jugaba bien y era quien más respetaba las reglas. La pelea empezaba por cualquier cosa.
— ¡Tú me empujaste!— decía José Luis y le metía un tremendo empujón al Gordo— ¿Qué es lo que te pasa a ti?
— ¿Qué fue? ¿Tú como que me tienes miedo?— decía José Luis, repitiendo el empujón y El Gordo Zárraga lo miraba aterrorizado.
—Yo a ti no te tengo miedo…— contestaba El Gordo, sin verle la cara.
Los curiosos comenzaban a llegar. Freddy y Douglas o cualquiera de los grandes que estuviera por allí, los azuzaban. "Quítale la pajita…" "Que a que no le gruñes…" y los empujaban, y José Luis y El Gordo (o Chicho o quien fuera) terminaban en el suelo, donde José Luis le metía la estranguladora.
Otras veces José Luis se aparecía con el hermanito, que tenía como seis años, y siempre se trenzaba un paño en el cuello, como si fuera una capa. Venía corriendo y se encaramaba en el murito frente al Bloque, hablando como si fuera el narrador de la televisión.
— ¡Lleeeegó! ¡Suuuperman!
Entonces igualmente nos intercambiábamos miradas y ya sabíamos que por ahí venía José Luis. El hermanito se quedaba así, con su cara de muchachito bobo, esperando la reacción, y todos nos hacíamos los locos y seguíamos jugando. Pasaban unos minutos y aparecía José Luis, a veces con Nené, y empezaba todo de nuevo. Otras veces, el hermanito de José Luis aparecía en plena pelea, siempre con su capa de Superman, acompañado de la hermana, que estaba bien buena y era novia del hermano grande de Arturo. Veían la pelea desde lejos, y la hermana de José Luis se reía y le decía cosas a su novio en el oído. Ella sólo se metió una vez, y fue cuando la pelea con Régulo. Régulo casi le vacía un ojo a José Luis de un sólo puño, y entonces la hermana se soltó del abrazo y se le fue encima.
— ¡Mira! ¡Tú no vas a joder al hermano mío! ¿Oíste?
Pero cuando Régulo iba a defenderse de la hermana, José Luis aprovechó el descuido y lo tiró al suelo, para meterle la estranguladora. Y aunque Régulo no pudo hacer más nada, repitió desde ese día que él no le tenía miedo a José Luis.
Tiempo después José Luis empezó a aparecerse por las tardes, acompañado de Nené, justo cuando las muchachas del Napoleón Baute salían de sus clases y ambos se ponían a cortarles el paso y a tocarlas. Las muchachas al principio no entendían y después salían corriendo. Una vez, una de las grandes, como de Sexto Grado, se le cuadró, diciendo que iba a llamar a la policía y ellos comenzaron a burlarse, pero no se atrevieron a tocarla más. Nosotros, cuando los veíamos, nos mudábamos para detrás del Bloque Nueve, y ya no le hacíamos caso.
Nos acostumbramos a las invasiones de José Luis. A veces, estábamos jugando metras, y llegaba el hermanito con su capa, corriendo y levantando tierra.
— ¡Sú… per… man…!— gritaba, y se llevaba las metras por delante.
Los que estuviéramos ahí, nos quedábamos en el sitio y levantábamos la cabeza poco a poco, para ver si estaba José Luis.
Era una cosa que sucedía en las tardes, a veces todos los días, a veces con intervalos de una semana. A lo mejor por eso no nos extrañó tanto la noticia. A lo mejor por eso seguimos jugando futbol a la hora en que la tarde se hacía noche y el largo ladrido de la Pinta que regresaba del cerro con la patota del Nelson El Monito, despedía a los muchachos del día y llamaba a los de la noche. Por eso tampoco nos acercamos de primeros y apenas detuvimos el juego cuando ya la escalera del Bloque Once estaba llena de gente y Nené Gámez venía corriendo con los ojos desorbitados. Sólo entonces supimos que pasaba algo, sólo entonces Luis Cucaracha vio dos veces hacia su casa y rompiendo por primera vez la prohibición corrió hacia la escalera de la familia de José Luis y detrás de él corrimos todos. Cuando llegamos todavía estaba el cuerpecito como a dos metros de la cabilla de la reja que le había reventado la cabeza, en la planta baja del Bloque Once, aún con la capa puesta. Todo el mundo alborotaba y hablaba de los bomberos y un señor raro, con sombrero, estaba abrazando a la mamá de José Luis que tenía como un ataque. Yo me abracé a la pelota roja. No podía dejar de mirarlo tan chiquitico ahí y con los sesos afuera y la capa de paño bañada en sangre y la manito todavía como agarrando el aire, como sosteniendo todavía el impulso de su último vuelo.

