Papeles arrugadosJuly 14, 2009 1:18 am

 

Un viejo cuento de hace tres décadas, rescatado y dedicado a mi querida Yajaira.

EL ÚLTIMO VUELO DE SUPERMAN

A Yajaira Arcas

Las tardes tarde eran todas iguales: comenzaban con un largo ladrido de la perra Pinta, con el ennegrecimiento del cerro por los lados del kiosco del papá de Mosquito Luis. Hernán se escondía de Julio César, y Luis Cucaracha olfateaba el viento, viendo venir el grito de su  mamá. Entonces dejábamos el futbol, la pelota roja se quedaba ahí, diluida en la penumbra, y los alrededores del Bloque Nueve se anegaban de oscuridad. Las sombras iban dispersando a  los del día, espantaban a Luis Cucaracha, y Julio César le  preguntaba a Hernán  si  había comprado la mortadela  para la cena. Y cuando Hernán se iba a regañadientes detrás de su  hermano, era cuando comenzaba la noche.

En la noche todos los juegos eran en el poste que estaba enfrente del Bloque Diez. Allí mismo inventó Chicho el juego que dice:

—  "Tomatera, tomatera… 

—  ¡Raass con Raass! 

—  ¿Qué dicen?             

—  ¡Raass! 

—  ¿Qué dicen? 

—  ¡Raass!             

—  Bajan los mojones de Pilatos y se meten en el plato…  ¡Conteo! Bloque Uno, Bloque Dos, Bloque Tres, Bloque Cuatro…. ¡Un pellizquito por el culo y échenlo a volar!"

También jugábamos quemado con la pelota roja, porque  el balón de Eduardo dolía mucho y El Colombiano tenía demasiada puntería  y fusilaba a todo el mundo. Pero el último juego era el escondite,  que lo jugábamos hasta que Freddy y los grandes vinieran con el escondite de ellos a adueñarse del poste.

Una sola cosa nos malograba las noches: José Luis. Estábamos de lo más  tranquilos, hasta que alguno de nosotros descubría a José Luis, saliendo de su apartamento en el último piso del Bloque Once. Seguíamos como si nada, pero todos estábamos pendientes hasta que él llegaba y se  recostaba del poste, retándonos con su sonrisita.  Si me tocaba fusilar a mí, la pelota se me pelaba de las  manos. Y ahí mismo escuchaba su voz a mi espalda.

— ¿Juego?

Intercambiábamos miradas. José Luis seguía recostado del poste, escrutándonos. El Gordo Zárraga, que le tenía miedo,  a veces lo aceptaba y había un momento que yo pensaba que todo era idea mía, y que José Luis jugaba bien y era quien más respetaba las reglas. La pelea empezaba por cualquier cosa.

 — ¡Tú me empujaste!— decía José Luis y le metía un tremendo empujón al Gordo— ¿Qué es lo que te pasa a ti?

— ¿Qué fue? ¿Tú como que me tienes miedo?— decía José Luis, repitiendo el empujón y El Gordo Zárraga lo miraba aterrorizado.  

—Yo a ti no te tengo miedo…— contestaba El Gordo, sin verle la cara.

Los curiosos comenzaban a llegar. Freddy y  Douglas o cualquiera de los grandes que estuviera por allí,  los azuzaban. "Quítale la pajita…" "Que a que no le gruñes…" y los empujaban,  y José Luis y El Gordo (o Chicho o quien fuera) terminaban en  el suelo, donde José Luis le metía la estranguladora.

Otras veces José Luis se aparecía con el hermanito, que  tenía  como seis años, y siempre se trenzaba un paño en el  cuello, como si fuera una capa. Venía corriendo y se encaramaba en el murito frente al Bloque,  hablando como si fuera el narrador de la televisión.

— ¡Lleeeegó! ¡Suuuperman!

Entonces igualmente nos intercambiábamos miradas y ya  sabíamos que por ahí venía José Luis. El hermanito se quedaba así, con su  cara de muchachito bobo, esperando la  reacción, y todos nos hacíamos los locos y seguíamos jugando. Pasaban unos minutos  y aparecía José Luis, a veces con Nené, y empezaba todo de nuevo. Otras veces, el hermanito de José Luis aparecía en plena pelea,  siempre con su capa de Superman,  acompañado de la hermana, que estaba bien buena y era novia del hermano grande de Arturo.  Veían la pelea desde lejos, y la hermana de José Luis  se reía y le decía cosas a su novio en el oído. Ella sólo se metió una vez,  y fue cuando la pelea con Régulo.  Régulo casi le vacía un ojo a José Luis de un sólo puño,  y  entonces la hermana se soltó del abrazo y se le fue encima.

— ¡Mira! ¡Tú no vas a joder al hermano mío! ¿Oíste?

Pero cuando Régulo iba a defenderse de la hermana, José Luis aprovechó el descuido y lo tiró al suelo, para meterle la estranguladora. Y aunque Régulo no pudo hacer más nada,  repitió desde ese día que él no le tenía miedo a José Luis.

Tiempo después José Luis empezó a aparecerse por las  tardes, acompañado de Nené, justo cuando las muchachas del Napoleón Baute salían de sus clases y ambos se ponían a cortarles el paso y a tocarlas. Las muchachas al principio   no entendían y después salían corriendo. Una vez,  una de las grandes,  como de Sexto Grado, se le  cuadró, diciendo que iba a llamar a la policía y ellos comenzaron a burlarse, pero no se  atrevieron a tocarla más. Nosotros, cuando los veíamos,   nos mudábamos para detrás del Bloque Nueve,  y  ya no le hacíamos caso.

Nos acostumbramos a las invasiones de José Luis. A  veces,  estábamos jugando metras,  y llegaba el hermanito con su  capa,  corriendo y levantando tierra.

— ¡Sú… per… man…!— gritaba, y se llevaba las  metras por delante.

Los que estuviéramos ahí, nos quedábamos en el sitio  y levantábamos la cabeza poco a poco, para ver si estaba José Luis. 

Era una cosa que sucedía en las tardes, a veces todos los días,  a veces con intervalos de una semana. A lo mejor por  eso no nos extrañó tanto la noticia. A lo mejor por eso seguimos jugando futbol a la hora en que  la tarde se hacía noche y el largo ladrido de la Pinta que regresaba del cerro con la patota del Nelson El Monito, despedía a los muchachos del día y llamaba a los de la noche. Por eso tampoco nos acercamos de primeros y apenas detuvimos el juego cuando ya la escalera del Bloque Once estaba llena de gente y Nené Gámez venía corriendo con los ojos desorbitados. Sólo entonces supimos que pasaba algo, sólo entonces Luis Cucaracha vio dos veces hacia su  casa y  rompiendo por primera vez la prohibición corrió hacia la escalera de la familia de  José Luis y detrás de él corrimos todos. Cuando llegamos  todavía estaba el cuerpecito como a dos  metros de la cabilla de la reja que  le había reventado la cabeza,  en la planta baja del Bloque Once, aún con la capa puesta. Todo el  mundo alborotaba y hablaba de los bomberos y un señor raro, con  sombrero, estaba abrazando a la mamá de José Luis que tenía  como un ataque. Yo me abracé a la pelota roja. No podía dejar  de mirarlo tan chiquitico ahí y con los sesos afuera y la capa de paño bañada en sangre y la manito todavía como agarrando el  aire, como sosteniendo todavía el impulso de su último vuelo. 

Papeles arrugadosMay 23, 2009 10:57 am

De la misma agenda de 1970, un poemita machista del que todavía no me siento avergonzado:

¡Oh alada imagen de femenil pureza
lúbrica núbil de inteligencia clandestina
plugiera al cielo haceros menos femenina
y con un adarme de cerebro en la cabeza!

 

Papeles arrugados 10:49 am

Un  soneto dedicado a José Ramón Ortiz alguna tarde en Tacarigua de la Laguna, cuando nos estrenábamos en varios oficios de este mundo, hace casi cuatro décadas:

 A José Ramón:

¡Oh, veleidades aciagas y luctuosas!
¡Oh, concurso de funestas deidades!
¡Oh, más que aciagas, protervas veleidades!
¡Oh, humanos débiles que naufragais por cualquier cosa!

¡Quién dijera en horas ya pasadas
que vuestro prolijo pensamiento tan pensado
en un instante quedaría arrodillado
sacrificado, inmolado sobre el ara

de la pedestre pasión, de la rolliza
ninfa que en sudorosos lupanares se desliza
y maculándose en el barro se hace impoluta!

¡Oh, débil poeta, oh virtudes deleznables!
¡Oh, bardo, que aun siendo ineluctable!
¡Trocais vuestros amigos por una puta!

Papeles arrugadosJanuary 30, 2009 11:32 pm

Escrito hace quién sabe cuantos años:  

Lo que pasa es que ese que hace el amor contigo, no soy yo. Me levanto de la cama y miro desde nuestra ventana: el día está claro y duele. Vuelvo a ti y te me escapas,   entregada como nunca a mis caricias que tratan de apartar el agua donde me ahogo. Cierro los ojos, me enredo en el limo de mis intentos y miles de ausencias se interponen entre mi amor y tus brazos. Quiero regresar a ti, amada mía, y te me vas.

Después, doy la vuelta,  me ahogo de tristeza y te  duermes acariciada aquí, en mi corazón atribulado por el naufragio reincidente. Esa es la historia de mi vida contigo. Algunas veces, loco de amor por ti, me prendo a las palabras que son la forma más pura de acariciarte: una tarde no basta para libar de la copa de  mi amor desbocado y las palabras vuelan  borrachas de optimismo.  Quisiera prolongarlas hasta la noche entera, hasta un siempre menos precario, pero apareces desnuda, amor mío, y una mirada tuya basta para condenarme. Otras veces, juego a olvidarme de ti para recuperarte en cualquier hora y la noche me sorprende contigo. Esas son las noches más felices, porque te tengo a ti y a mí juntos, que ya es bastante. Me quiero como si me viera  por tus ojos y me parece la vida injusta de tanta felicidad. Pero siempre te pierdo después de cada encuentro y ni  siquiera mis fantasmas, que son mezquinos, me conceden compañía.

En fin, amada mía, que a pesar de que no logro salirle al paso a mis huidas, avizoro un atajo, a ratos, y, otras veces, la tranquilidad me aterra. Mi mejor consuelo es que permaneces. ¿Qué mejor compañera de viaje para un mar tan conocido? 

Papeles arrugadosDecember 30, 2007 7:59 pm

Siempre, mi otro yo, ese que abomino, ha esperado que sobrevenga una catástrofe que me resucite a la escritura. Me refiero a mi otro yo, porque si ese soy yo mismo, entonces, el odio que siento por mí —y eso es lo que de mí quiere mi otro yo—me hace implorar ese irreemplazable Apocalipsis.

La verdad es que descubrí que mi otro yo es un resentido. Siempre me visualiza niño, con un cuaderno entre las manos, pidiendo que su madre alabe las virtudes de la recién dibujada zanahoria que da inicio a mi carrera de escritor. Ese niño baja la escalera que desemboca en el solar de la casa mi infancia: tiene en sus manos el cuaderno y el futuro, bajo la mañana de un sol inolvidable. Sonríe, pide y teme: implora. Busca esa emoción en la sonrisa de su madre. Nada más. Pero —mi otro yo no ha dejado de hacérmelo saber a cada instante— el niño se queda para siempre sin sonrisa y sin respuesta.

Y a partir de allí comienza la deriva —que es mi vida— por rescatar aquella tarde. Mi otro yo lo sabe, pero se resiste a admitirlo (es la única diferencia entre los dos). Una y otra vez, me previene de rasgar tiempo y dolor para recoger el cuaderno descosido, rescatarlo sólo para mí —cuaderno mío— y comprender mi soledad y retomar la magnum opus de mi infancia.

Muy por el contrario, mi otro yo suele pedirme que imagine la peor de las catástrofes, la más desquiciada y que me inculpe. Y no lo hace por la nostalgia de mi cuaderno perdido ni por solidaridad, sino por una rabia indestructible, cocinada lentamente en el caldo de los años.

Mi otro yo me mira con sorna. Estas primeras palabras en mi cuaderno, deberían ser su epitafio.

Papeles arrugadosJuly 6, 2007 10:39 pm

Un texto muy querido, escrito en los años ochenta:

Has de recordar el mar, el mar puro, el piélago insomne que una vez te envolviera en su luz, la pupila incandescente que estallara esa mañana. Has de recordar una playa, una ola, la diminuta pompa de espuma que quisiste atrapar en tu memoria muchísimos años atrás. Has de recordar todas las playas, todas las olas, un voluminoso muestrario de olas y de playas desde aquel día solitario. Las vacaciones tocaban a su fin, y tú con un gesto que habrías de repetir tantas (¿demasiadas?) veces, te obstinabas en fijar en tu memoria la aparición de aquella minúscula pompa acuosa. ¿Qué perseguías, por qué insistías en detener el mundo? Esa irrupción momentánea ante tus ojos, esa caprichosa vestidura que adoptaba la materia era (¿sigue siendo?) tu vínculo con la vida, como dirías después, tu precaria identificación objetual, tu intento desesperado de que el tiempo no transcurriera como transcurría y el mar rompiente no se quedara atrás como se quedaba. El mar se empequeñecía detrás del óvalo salitroso del Citroen. Tu padre conducía, tu hermano menor se arrebujaba en un caluroso edredón amarillo. Atrás quedaban las olas, aquella instantánea vacuola de agua y de sal. El Citroen proseguía su alejamiento inexorable. Desde esa hora en adelante, muy adentro de ti, tuviste para siempre tu ola efímera, tu microscópica copa de espuma. Sin lugar a dudas, ahora la has de recordar.

Papeles arrugadosJune 12, 2007 6:45 pm

Mañana será otro día, un relato ingenuo de cuando tenía veintitrés años. Siempre somos los mismos.  

Tú te levantas temprano y te dices que hoy sí, como si ese sentimiento de estar convencido a medias te bastara, tú te dices que hoy sí y te diriges a la cocina y piensas que primero te vas a tomar un café; mientras te lo preparas vuelves a repetirte que hoy, sí. Apuras el café y ahora repentinamente asumes que vale la pena comprar el periódico, sales de tu casa, contemplas la calle y la gente, esta imagen de la mañana que en absoluto te es extraña, la misma gente, la misma calle y te das cuenta de que ya son las ocho de la mañana y aprecias que ya has empezado a perder el tiempo. Te apresuras a devolverte a tu casa, giras la llave y te enfrentas al primer dilema con el periódico aquí repleto de noticias, y el libro allá y las revistas que no has leído más allá y la máquina de escribir en un rincón del escritorio, cubierta por el periódico de ayer que tampoco alcanzaste a leer. Casi te decides por el periódico a no ser por la guitarra que yace recostada de la pared y que tomas para repetir durante quizás demasiado tiempo los acordes que, al cabo de un rato, terminan por enervarte. Una abulia rabiosa te separa del instrumento que ahora queda recostado del sillón. Son ya casi las diez y has comenzado a sentir ese escozor que te embarga cada vez que piensas en que ya son casi las diez y no has podido hacer nada y entonces, en un esfuerzo que tú mismo reconoces como meritorio, tomas la máquina de escribir y colocas una hoja en blanco y escribes dos o tres palabras y no más y por fin te levantas a tomarte un vaso de agua. Regresas y te resistes a coger la guitarra boquiabierta que te espera en el sillón y por fin te sientas en la butaca y tomas la guitarra por el cuello y tarareas una canción. Vuelves sobre la máquina, lees lo escrito y sientes como un peso sobre la nuca que te cansa. Son las once y no has podido remontar esas tres palabras sobre la hoja que ahora yace en la papelera y sientes hambre y te da por prepararte el almuerzo y —rato después, mientras comes— piensas que comer s la única manera de no perder el tiempo porque es una pérdida de tiempo inevitable.

Reposas después del almuerzo porque cualquiera se evitaría una embolia cerebral aún a costa de perder el tiempo. Te quedas dormido.

A las dos de la tarde te despierta el teléfono y es Luis que te invita o te propone y mientras piensas que no debes, que todo va a terminar en nada, en cualquier conversación de café o en una travesía sudorosa por el centro de la ciudad, vas asintiendo a las propuestas de Luis y terminas por decirle que realmente no, que no tienes nada que hacer esta tarde, que si quiere te puede pasar buscando a las tres. Y a las tres de la tarde, ya en el auto de Luis, sientes la necesidad de leer aunque sea el periódico que aprietas bajo tu brazo, pero Luis se obstina en preguntarte y en comentarte y el periódico queda tendido en el asiento trasero cuando te bajas a perder el tiempo en su casa. Desde las seis de la tarde la noche comienza a escaparse de tus manos y enseguida te asalta la urgencia de ponerte a trabajar apenas llegues a tu casa, pero llegas pasadas las siete y cuarenta y cinco y todavía te demoras casi quince minutos despidiendo a Luis y su ansiedad en la puerta de tu casa. Bajo la luz de la mesa de noche, has comenzado a leer la novela pendiente y ya te está venciendo el sueño, pero sigues empeñado en abrir los ojos y ver las letras que bailan sobre el fondo amarillento. Pero el sueño por fin te vence y decides cerrar el libro pensando que mañana sí, como si estar convencido a medias te bastara y ya a punto de dormirte a vuelves a repetirte que mañana, sí.

Papeles arrugadosJuly 21, 2006 3:45 am

En 1970 estudiábamos en la facultad de ingeniería de la UCV y las clases de Análisis Matemático III eran lo suficientemente desmotivadoras como para que surgiera en su seno, junto a las series de Fourier y el cálculo de varias variables, un "poemario" que José Ramón Ortiz, amigo y cómplice, ilustró (José Ramón contribuyó también con un poema que todavía anda confundido entre mis papeles). El "poemario" estaba dedicado al poeta Gabriel Muñoz, de quien extrajimos nuestra rúbrica: "La mano convulsa". Entre mis papeles arrugados rescaté un soneto dedicado a Susana, aquella rubia del noveno cuya voluptuosa humanidad apenas lográbamos entrever en el cafetín de ingeniería, entre los saltos y los gritos desaforados de los compañeros. Teníamos diecinueve años…

Papeles arrugados 3:20 am

Parodias. Hay dos parodias que quiero conservar. Una de ellas es una versión del poema Derrota, de Rafael Cadenas, dedicada (en el mal sentido del término) a Geovanni Siem, quien vive actualmente en Australia . Se llama Renuncia. La otra es el Discurso de despedida que urdí junto con mi amiga María Luisa Gil para que nuestra común amiga María Elena Alcalá lo leyera con motivo de su separación del cargo de Jefe del Departamento de Administración del Instituto Universitario de Tecnología Región Capital. Siento cariño por ambos escritos y los he rescatado para esta página.