Tuve dos sueños de los cuales sólo recuerdo uno: una carrera a locas por una trocha escarpada, en una suerte de rally en el que debía alcanzar no sé que meta, física y mental. En el sueño, me veo atravesando un terreno erosionado, subiendo un cerro, o tomando atajos impensados y descubriendo no sé qué verdades urgentes, en un giro que sustituye la mirada subjetiva del competidor, que soy yo, por una mirada panorámica. El otro sueño es continuación de éste, pero lo he olvidado. Sólo sé que le da continuidad al mismo esfuerzo, o más bien, a la misma lucha denodada. Me levanto energizado.
Soñé que trataba de explicar los géneros dramáticos tomando como ejemplo la confección de una taza de porcelana, y el auditorio, que era numeroso y cambiante, se tomaba muy en serio mi comparación. Todavía el ejemplo lucìa contundente cuando desperté, hasta que la bruma del sueño comenzó a disiparse y me di cuenta de la banalidad de mi argumento. Y pensar que más de una certeza proviene de un sueño como éste-
Sueño que voy a cambiar de sistema operativo, no yo, sino mi computadora y me doy cuenta de mi resistencia. Creo que el sistema no es tan bueno, que hay como un engaño agazapado ahí. El sicoanalista diría que es el miedo al cambio. Yo también.
Del sueño de esta noche sólo me queda la imagen nítida de un borracho que suele exhibir sus deformidades en los alrededores de Quinta Crespo. El borracho es una estatua, de pie sobre la arena, en una playa conocida, que no sé cuál es, y yo me aproximo para tomarle una foto. Antes del sueño hubo fotos o borrachos, supongo yo, porque el sentido del borracho se desprende de un magma confuso donde prevalece esa sensación. Y después del borracho hay otra fotografía de varias personas también de pie, arremolinadas, que se apretujan o se tocan. Fue un sueño importante, estoy seguro de haber saboreado esa certeza mientras lo soñaba. También sé que se ha ido, como todos los sueños míos, que sólo regresan cuando alguna vez sueño que los estoy soñando.
Soñé que unas monedas o unas manos cubrían mis ojos porque yo no quería ver y me desperté con esa sensación de huída, de clausura, de dolor. Luego me fui incorporando poco a poco, anticipado a este día nuevo, que me duele, y comprendí mi sueño.
Solía soñar con una mujer que ya no me importa y una de estas noches reapareció en mis sueños. Estaba conmigo y sin mí (como acostumbraba estar) en medio de un banquete, hasta que el sueño la deslío. Hace mucho tiempo que no soñaba con ella y sólo me pregunto desde qué territorio de ausencias se produjo su visita.
Dos aviones enormes en lo que resulta ser un patio-aeropuerto de la mansión donde ahora despacha el psicoanalista. Un hombre joven y de barba me escucha con la seriedad de un pupilo aventajado y yo le hago un breve resumen de mi caso, mis padres, mi infancia, mi vida entera, como si se tratara de un esquema geométrico hartamente conocido. Mas allá los dos aviones sirven de bastidores de dos trajes plateados, colgados en sendas narices, unos trajes restallantes cuya tersura compruebo mientras me asalta el temor de que mi proximidad pueda ser malinterpretada por algún testigo indeseable (quizás el mismo psicoanalista). De vuelta a la mansión, busco en las habitaciones hasta dar de nuevo con el psicoanalista interino quien comienza a explicarme algo que quizá es la clave de este sueño y que ahora, despierto y distante, he perdido para siempre.
Soñé con un mujer que me ha gustado mucho y que está con el gobierno. Cabalgábamos en una bicicleta, escaleras abajo, a horcajadas en la bicicleta que en retroceso descendía los escalones de un patio o de un parque. Ella me abrazaba y yo sentía su aliento y su pelo ensortijado y bromeaba que aquel era el mejor pretexto para abrazarla. Ella respondía mis bromas y a su vez bromeaba en torno a mi destino frente a esa pesadilla que es el cierre del Canal donde trabajo y yo no hallaba cómo responderle. Luego ella me esperaba en algún recodo porque teníamos que seguir bajando con la bicicleta y algo como su pelo, pero que era mío -no mi cabello, sino algo que me pertenecía y me ridiculizaba- se había enredado de un cinturón deshilachado y yo hacía un esfuerzo enorme por destrabarlo e intentaba inútilmente romper los cabellos y en mi desesperación y en mi impotencia, me desperté.
De su espanto sólo pude imaginar la pesadilla que la reclamaba y vencido por el sueño opté por abrazarla y seguir durmiendo. Después soñé con un automóvil de juguete, primero un convertible enorme sostenido por los dos y luego autito plateado que se precipitaba escaleras abajo y se hacía añicos para siempre.
Anoche soñé despierto. Me erguí en la cama atravesado por un sueño que venía del imsonio, viviendo la agonía de soñar despierto lo que un verdadero sueño hubiera podido redimir, hasta que por fin el cansancio me venció y me rescató de la pesadilla de estar despierto.

