Siempre me sedujo esta canción de George Brassens y un día me dio por intentar una traducción libre que terminó durmiendo el sueño de los justos en el disco duro de computadora de la mujer de la que estuve enamorado. Ahora encuentro un análisis exahustivo de las canciones del cantante francés en Analyse Brassens y me parece justo que la traducción, con toda su emocionada imperfección, inicie este blog. Hela aquí:

Le blason

Habiéndome siempre entendido muy bien con ella
Yo quiero celebrar sin lucir inadecuado
Tu más bella pertenencia, tierno cuerpo femenino,
Esa que, para todo el que la ve, resulta alucinante

Esta es para ella mi canto postrero, mi canto de cisne,
Mi última carta de amor, mi mensaje de adiós,
A aquella que desgraciadamente, las palabras que la nombran
La colocan en disputa con lo execrable y con lo odioso.

Es la gran piedad de la lengua francesa,
Su talón de Aquiles y su mayor deshonor,
El no ofrecer sino palabras manchadas de bajeza,
A este incomparable instrumento para la felicidad.

Mientras que las flores en su  mayoría tienen nombres poéticos,
tierno cuerpo femenino,  resulta una desgracia,
que las más bella flor, la más erótica,
la más intoxicante,  tenga un título escabroso.

Pero lo peor de todo es ese corto vocablo
De cuatro letras nada más y muy acostumbrado.
Asunto inexplicable y además irrevocable…
¡Vergüenza para aquel que la utilizó por vez primera!

¡Vergüenza a aquel que por despecho o por apuesta
Con su venenosa hiel la bautizó con este término!
Este “amigo del hombre” y su mordaz injuria
Debe de haber probablemente sido un famoso

misógino, de seguro un asexuado
un absoluto reticente frente a los encantos de Venus.
Fue ese pobre tipo, capaz de beberse toda la vergüenza,
quien aventuró esa aproximación, por demás intempestiva.

maldita sea esta homonimia,
Es injusto, mi señora, y es tan descortés,
que esta pequeña reina de vuestra anatomía,
tenga el mismo nombre que una muchedumbre

Quiera el cielo que un día en un arrebato de ingenio
un poeta inspirado, sostenido por Pegaso, 
le otorgue, borrando de un golpe siglos de vejación,
un bello nombre cristiano, a esta verdadera maravilla.
 
Y si lo hace, señora, parecerá que hizo un daño
y vuestros adoradores se lamentarán,
perdiendo de vista que hay otras maneras de rendirle homenaje
y que yo las conozco, y que yo las conozco…